Mujeres en movimiento

El miedo de quedar atrapada en mi propio dolor

Querido Juanjo:

Llevo tiempo sin escribirte. El ritmo de la vida “productiva” está tan lejos del ritmo pausado de escribir
una carta que no encontraba nunca el hueco. Y, ya sabes, mi tendencia es a priorizar la velocidad y la
acción. Es un viejo mecanismo de huida ante el miedo de quedar atrapada en mi propio dolor.

Ya sabes también que lloro poco.

Y no es tanto por no mostrar la vulnerabilidad sino porque internamente todavía pienso: “¿Y si me
permito llorar y ya nunca soy capaz de parar? ¿Y si pierdo el control y entro en una depresión
profunda, llorando para siempre?

Cuando era pequeña tenía un sueño recurrente. Yo estaba en la playa, sola, con mi cuerpo chiquito.
Estaba mirando el mar en calma. De pronto, a lo lejos, comenzaba a formarse una ola. Al principio era
pequeña, lejana. Pero, a medida que avanzaba, se volvía gigantesca. Yo seguía imperturbable, viendo
aquello venir hacia mí, de pie en la orilla. Cuando la ola, que me quintuplicaba en tamaño, estaba por
romper sobre mi cuerpo (recuerdo perfectamente el olor del mar, los pequeños peces que podía ver
en la curva del agua, el silencio…) me despertaba.

Años después, cuando comencé a practicar la observación activa, podía notar esa amenaza de la ola
dentro de mi pecho. Me daba pánico pensar que, si abría las compuertas del dolor, no se cerrarían
nunca. Y mantenía el Mar en calma forzada dentro de mí. Y mucha actividad fuera. Mi mente
ocupada creando.

Alguien me contó un día que el agua, en los sueños, simboliza las emociones… y a la madre.

Tiene sentido.

Ya sabes.

Reconozco que, en muchas relaciones, he limitado mi capacidad de conexión por este miedo profundo.
Trabajo en ello desde hace años, y va moviéndose, pero no es tan rápido como me gustaría.

Leyendo un artículo de Joseph LeDoux, del Centro de Ciencia Neurológica de la universidad de Nueva
York, encontré alguna respuesta que no fuera mi propia incapacidad de “soltar” (esto que nos pedimos
tan livianamente, como si todo nuestro sistema neurológico no entrara en pánico y generara una
química de alerta y estrés).

Él plantea que nuestro sistema nervioso da prioridad a los enlaces de conexión entre las alarmas de
miedo y la amígdala, la parte del cerebro que guarda el registro de los acontecimientos emocionales.
El sistema está diseñado para añadir información, no para permitir una eliminación sencilla. Si lo
que hace es evitar el peligro es mejor equivocarse en un falso positivo que en un falso negativo. Así
que se agarra fuerte a lo que conoce. Por suerte para mí, esos enlaces neuronales pueden debilitarse.

Cuando, con 26 años, pude ver con claridad ese mapa interior primero tuve la sensación de estar en
una zona de guerra. Y que aquello no se iba a arreglar nunca.

Y luego me senté a meditar.

Llevo 20 años haciéndolo.

Aunque no “solucionara nada”, aquellos momentos de silencio crearon un pequeño espacio dentro de
mí, una pequeñísima apertura en la puerta hacia el sótano que me daba tanto miedo.

Y, poco a poco, aprendí a hablar. A comunicar con más claridad dónde estaba, sin negar nada ni
pedirme a mí misma no ser quien era. Y aprendí a detener la escalada de desconexión.

Todavía no puedo expresar con total apertura mi amor hacia la gente que amo (que, por suerte, es
mucha y muy hermosa) pero puedo no decir aquello que va como un arma arrojadiza contra la otra
persona. Y he logrado no usar el arma del silencio y la indiferencia (yo era una maestra en esto).
Seguro me dirías, como especialista en el tema del apego, que ya no entro en el control ansioso ni en
la huida.

Ese es uno de mis pequeños logros después de años de trabajo personal y esto, ya lo sabes, lo
cambia todo.

Ahora me quedo.

No sólo en la habitación, sino en mis sensaciones y en mi cuerpo. No me permito escaparme a ideas,
ilusiones o películas antiguas. O silencio.

Con el corazón abierto, hacia mí y mis limitaciones y hacia quien tengo enfrente. Intentando con todas
mis fuerzas estar presente, mirar y escuchar a la persona real que me habla y no a los fantasmas de
mi historia. Puedo verlos, a los fantasmas quiero decir. Veo a mi sombra danzar y atravesar a quien
tengo delante.

Pero no dejo que me cuenten lo que pasa. Es como estar en dos mundos a la vez. Con todo mi pasado
vivo y latiendo y con mi presente tratando de tomar consistencia. Me digo a mí misma que todo está
bien, respiro profundo y voy calmando la química descontrolada de mi cuerpo que está activada como
si estuviese frente a un dragón.

Y he descubierto que puedo contar lo que me pasa mientras está pasando. ¡Y eso ayuda muchísimo!
Todavía tengo miedo de quedar atrapada en mi propio dolor, pero ahora puedo contarlo. Ya no
necesito tomar personajes que actúen mis fantasmas, sólo se los describo a quien está enfrente. Y
aunque no puedo expresar mis sentimientos totalmente, al menos ya puedo describirlos. Y eso,
créeme, me hace sentir en otro mundo.

Desde que comencé a mirar en mi interior no he vuelto a tener el sueño de la ola. Hace poco una
maestra me contó un significado menos conocido del agua y las olas en los sueños. Tienen que ver
con el despertar a la trascendencia que somos.

Como dice Rumi: “Las heridas son el lugar por donde entra la luz”

Gracias por no ser un príncipe en un caballo blanco sino un Hombre montado en la luz de su propio
trabajo interior.

Nos amo

Mariana

2 Comentarios

  1. Griselda

    Viví casi una vida pensando que no tenía un dolor. Tan así era la negación. Después ver el dolor, dolerlo, llorarlo, descubrir todos los mecanismos y las cusas de tanto «miedo a aceptar ese dolor». Perdonarme y perdonar. Trascender … casi otra vida. Cada día. Gracias Mariana.

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  2. sikis izle

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